Secretaría de Relaciones Exteriores de Los Estados Unidos Mexicanos.
Versión Estenográfica de La Ponencia "Reflexiones Sobre del Debate Migración Entre México y Estados Unidos", del Subsecretario Para América del Norte, Gerónimo Guitierrez Fernández, Durante La Inauguración del Congreso Internacional de Migración.
México, D.F. (PRWEB) October 5, 2006 -- Versión Estenográfica de La Ponencia "Reflexiones Sobre del Debate Migración Entre México y Estados Unidos", del Subsecretario Para América del Norte, Gerónimo Guitierrez Fernández, Durante La Inauguración del Congreso Internacional de Migración.
Muy buenos días.
Me da gusto estar con todos ustedes el día hoy. En verdad agradezco al Doctor Agustín Escobar, coordinador de este evento, alguien con quien existe un trabajo de varios años en la importante y noble tarea de generar más y mejor conocimiento sobre el fenómeno migratorio y políticas más adecuadas en torno al él.
Este congreso internacional sobre los alcances y los límites de las políticas migratorias resulta especialmente oportuno. No sólo por el reciente desarrollo del debate migratorio en Estados Unidos, tema al que me referiré, sino también en el contexto actual de transición de gobierno en México, un proceso que estoy seguro que se verá beneficiado de la información y de las discusiones que tendrán lugar el día de hoy y el día de mañana.
La verdad es que ocupar este espacio es todo un honor en la inauguración, pero también un reto y una responsabilidad. Es un honor, porque tengo la oportunidad de dirigirme a un grupo de distinguidas personas, como ustedes, muchos de ustedes amigos y realmente expertos en el tema de la migración.
Y es un gran reto y una responsabilidad, porque demanda un ejercicio de objetividad y honestidad intelectual, de alguien que continúa sirviendo orgullosamente en la administración y en el gobierno que está en funciones y que ha estado vinculado a este tema durante los últimos cuatro años.
Permítanme hacer mí mejor esfuerzo y dividir mis comentarios sobre la migración, y sólo voy a hablar de México-Estados Unidos, en tres partes: un recuento de los hechos, que permita dar contexto al pasado y presente de debate migratorio, un balance del significado e implicaciones de estos hechos y algunas reflexiones personales sobre las perspectivas a futuro.
La migración es un componente fundamental de nuestra relación con el vecino del norte, tanto por sus implicaciones para millones de mexicanos como por el peso político que tiene en el conjunto de la agenda bilateral. De acuerdo a las estimaciones más recientes, cerca de 12 millones de mexicanos viven y trabajan en Estados Unidos y aproximadamente la mitad de ellos lo hacen sin autorización.
También algunas estimaciones sugieren que el flujo neto anual de mexicanos que emigran a Estados Unidos desde la década de los noventa es de 350 mil personas, que en los últimos años este flujo pudo haber aumentado o ascendido alrededor de 400 mil. Estoy conciente que existe un debate muy vivo sobre estas cifras. Más aún, a partir del año 2000, año desde el cual se tienen registros precisos a la fecha, más de un mexicano ha muerto en promedio al día en su intento por cruzar la frontera norte.
Las dinámicas de población de ambos países, el creciente contacto entre las comunidades y familias de ambos lados de la frontera y una brecha aún demasiado profunda en los niveles de ingreso y de desarrollo, tiempo atrás demandan la necesidad de establecer, entre México y Estados Unidos, nuevos mecanismos que permitan, como se dice, una migración legal, segura, ordenada y respetuosa de los derechos humanos y laborales de los migrantes.
Desde el inicio de la presente administración, el Gobierno de México ha promovido la creación de alternativas para regularizar la situación de las personas que viven indocumentada en Estados Unidos y ampliación y modernización los esquemas de trabajo temporal existentes.
Lo ha hecho, en mi apreciación, y sin menoscabo de esfuerzos hechos previamente como nunca antes, por una obligación indeclinable de velar por los derechos de nuestros connacionales y mejorar sus condiciones de vida, orientado por un principio de responsabilidad compartida y sobre todo con la firme convicción de que está en el interés de ambas naciones, de México y Estados Unidos, construir un nuevo marco en materia migratoria.
¿Qué ha pasado? En 2001, el Gobierno de México planteó al de Estados Unidos avanzar un acuerdo en materia migratoria. México propuso, a mi juicio, los elementos correctos y apropiados: la regularización de nacionales mexicanos, el establecimiento de un nuevo programa de trabajadores temporales, la creación de nuevos mecanismos de seguridad fronteriza y también el despliegue de medidas por parte de México y también bilaterales, para promover un mayor desarrollo en las zonas de México que tienen los mayores índices de emigración.
La posición mexicana se basó en el principio de responsabilidad compartida, como reflejo del reconocimiento de que los dos países deben asumir su parte para lograr mejores resultados en la administración del fenómeno migratorio. Me parece que, en ese momento, al inicio de ambas administraciones en 2001, las condiciones eran especialmente propicias para el desarrollo de una agenda ambiciosa en términos de contenido y alcance, incluido el componente migratorio.
Gozábamos de un crecimiento económico mundial más robusto, de una atención sin precedente a México, debida a la trascendencia del cambio político en el año 2000 y también teníamos un escenario internacional mucho más despejado del que hoy prevalece.
A mí me parece justo decir que nuestro gobierno supo leer y aprovechar estas condiciones. En efecto, el planteamiento mexicano recibió una respuesta positiva del Gobierno de los Estados Unidos.
Los ataques terroristas de 2001 en Estados Unidos, hecho que reiteradamente he señalado son absolutamente condenable, alteró significativamente la dinámica de este proceso. Generó un reordenamiento de las prioridades de política exterior y seguridad nacional de Estados Unidos. Acentuaron el binomio migración-seguridad, con el consecuente establecimiento de medidas de mayor control poblacional y territorial, y propiciaron la participación de muchas más actores de Estados Unidos en el debate.
Estos factores, desde entonces, han hecho aún más difícil la concreción de un objetivo, ya de por sí ambicioso, un acuerdo bilateral en materia migratorio entre México y Estados Unidos, o quizá más importante, abrieron el paso a una dinámica y un proceso de reforma legislativa en la materia.
En 2003 y en buena medida desde entonces, el conflicto en Irak naturalmente concentró la atención de la sociedad y gobierno de Estados Unidos —y permítanme ser diplomático— añadió complejidad a una relación bilateral que es por sí misma bastante compleja, y cuyas partes aspiraban —y creo que lo siguen haciendo y lo deben de seguir haciendo— a llevarla a un nueva estadía de mayor beneficio mutuo.
Ante estos últimos hechos desplegamos, el Gobierno de México, nosotros, una estrategia basada fundamentalmente en promover de una reforma migratoria integral, como condición necesaria para el establecimiento de nuevos mecanismos bilaterales. Para ello y desde entonces, ha sido necesario, entre otras cosas, desarrollar y promover medidas de cooperación capaces de conciliar las preocupaciones de seguridad con los avances en la agenda migratoria; desplegar una estrategia de contacto y cabildeo con más actores en Estados Unidos, a través de los canales diplomáticos y políticos conducentes, y abonar, sobre todo, a la credibilidad del compromiso de México con el principio de responsabilidad compartida.
A partir de 2004, el debate migratorio recobró movimiento y atención en México y en los Estados Unidos debido a varios factores que incidieron en ambos lados de la discusión. El Ejecutivo estadounidense posicionó nuevamente el tema en su agenda doméstica y fue refinando las líneas de su planteamiento, hasta hablar por primera vez de una reforma migratoria integral; comenzó un fuerte activismo de grupos anti-inmigrantes, en ocasiones con muestras francas de intolerancia si no es que de racismo; algunos gobiernos estatales y locales en Estados Unidos comenzaron a generar políticas y legislación, para responder dentro de sus comunidades a distintos aspectos y en diferentes formas al fenómeno migratorio.
Hechos de violencia principalmente en nuestra frontera común, frecuentemente asociados y derivados al crimen organizado, captaron la atención de ambas sociedades y tensionan la relación bilateral, y se introdujeron también en esos años todo tipo de iniciativas en el Congreso Federal de Estados Unidos.
En diciembre de 2005, la Cámara de Representantes ese país aprobó la iniciativa HR4437 que se concentra exclusivamente en medidas de seguridad fronteriza, de mayor control migratorio y aplicación estricta de la legislación migratoria. En mayo de este año, el Senado de Estados Unidos aprobó la iniciativa de reforma S-2611 que contempla medidas similares a la anterior, pero que también contempla la creación de un nuevo programa de trabajadores temporales y algún proceso, algunas vías y algunas condiciones para la regularización del status migratorio de los indocumentados.
Hasta la fecha, la conciliación de estas dos iniciativas, más correcto aún, la conciliación de éstas de dos visiones distintas continúa pendiente —y hay que decirlo con todas sus letras— atrapada hoy en la contienda electoral de Estados Unidos y en un contexto inusualmente divisivo entre los partidos republicano y demócrata.
Por el contrario, fue aprobada la iniciativa 6061, que dispone entre otras medidas la construcción de más de mil kilómetros de vallas en nuestra frontera común. Iniciativa que es sin duda un retroceso en la relación de dos naciones crecientemente interdependientes y cuyo futuro se encuentra entrelazado, iniciativa que representa también un triunfo de la insensatez y de la carencia de altura de miras en la búsqueda de un mejor manejo bilateral del fenómeno migratorio entre México y Estados Unidos.
¿Qué balance se puede hacer de estos hechos? Escribí hace poco que en la evolución de este debate a lo largo de los últimos años destacaban, a mi juicio, cinco aspectos presentes en cierto modo en ambos lados de la frontera, y quisiera referirme nuevamente a ellos a manera de balance.
Primero, el tema ha ocupado un espacio, ha alcanzado y ocupa hoy un espacio en la agenda pública de ambos países que es difícilmente reversible. Las sociedades de los dos países demandan —desde sus respectivas visiones si se quiere— como nunca, que sus gobiernos afronten el reto que les impone el fenómeno migratorio.
En México el tema ha dado pie, desafortunadamente de manera incipiente, a una reflexión más profunda sobre el papel de la migración en la visión de país a futuro y en nuestro desarrollo en este siglo XXI. Por ello, foros como éste son de gran utilidad y de gran importancia. En el vecino país también se ha abierto una puerta a una discusión también profunda sobre el carácter de la nación estadounidense y el papel que como país habrá de jugar en el futuro en el concierto internacional.
Asimismo, el hecho es que, pese a la importancia de otros frentes de la relación bilateral, e incluso los avances pasados y futuros que se den estos frentes, en la ausencia de un marco migratorio integral esta relación permanecerá trunca en lo que es su cara más humana que es precisamente la migración.
En mi parecer, es justo atribuir al Presidente de la República, Vicente Fox, el valor y la visión de haber buscado el un nuevo marco de migración con Estados Unidos. Es igualmente menester que todos los involucrados que hemos servido en su gobierno o que sirvieron en su gobierno, asumamos la responsabilidad y las implicaciones de haberlo hecho.
El segundo punto es que ha ganado terreno la noción de que la administración del fenómeno migratorio se requiere un enfoque de responsabilidad compartida, y este hecho ha abierto con ello un debate y una discusión sobre lo que esto implica para cada país. La migración internacional es un tema política y jurídicamente sensible, porque pone de manifiesto el desencuentro entre uno de los pilares de la soberanía de todo país, es decir, de determinar quién entra a su territorio y cómo hacerlo, con la realidad de que las naciones, en el contexto de globalidad actual, pueden afrontar mejor el reto de la migración trabajando juntas.
En el contexto del que estamos hablando, la responsabilidad compartida cobra, a mi juicio, importancia por dos razones. Por un lado, la probabilidad de que una reforma migratoria integral amplia se concrete en Estados Unidos crece en la medida que crece la voluntad y credibilidad de México, para hacer de la migración una decisión y no una necesidad, y para modernizar su propia política migratoria.
Por otro lado, la responsabilidad compartida implica la imposibilidad de abandonar los esfuerzos de concretar mecanismos bilaterales específicos. Recientemente, mucho se hablaba del error de esta administración y este gobierno de procurar un acuerdo bilateral, en tanto que la migración es para Estados Unidos un tema doméstico. Creo más bien que el error fue no advertir a tiempo que estos mecanismos con independencia de la forma que tomen, vendrían como resultado de una reforma amplia y de aplicación general en Estados Unidos, y el error fue no actuar acorde a tiempo.
En tercer lugar, los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 trajeron a primer plano el binomio seguridad–migración, que hasta cierto punto siempre había estado presente, pero que se convirtió en un asunto de primer orden y que ejerce una influencia muy importante sobre la relación bilateral en su conjunto.
Es un error ver a los migrantes mexicanos una amenaza a la seguridad de Estados Unidos. Usar esta idea para fines políticos es francamente un despropósito que raya en la demagogia, pero igualmente, es un error, a mi juicio, que supongamos en México que no es posible que alguien cruce por México con la intención de hacer daño a Estados Unidos, una nación vecina, socia y amiga. La posibilidad puede materializarse e implicaría, sino otra cosa, una disrupción enorme a nuestras relaciones con Estados Unidos.
Creo firmemente que ambos países tienen buenas razones para trabajar a favor de una frontera y una región segura, pero este trabajo debe privilegiar la cooperación y entenderse como parte de una estrategia integral para facilitar los flujos legales y legítimos de bienes y de personas entre muchos países.
El gobierno de México ha actuado acorde, a través de acciones y mecanismos específicos como es la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América de Norte. Desafortunadamente, estas acciones no han sido a la fecha ponderadas suficientemente, o por un número suficiente de actores en Estados Unidos en su justa dimensión.
Cuarto, varios estudios de opinión pública sugieren que la mayoría de nuestras respectivas sociedades favorecen una atención integral del fenómeno migratorio. Es decir, que atienda la seguridad, sí, pero que creen también, que dé oportunidad a la gente para regularizar su estancia en Estados Unidos y que cree las vías suficientes para encauzar legalmente la migración económica que ocurre hoy y que seguirá al menos en los próximos 10 a 15 años. Sin embargo y desafortunadamente el debate sobre el tema ha sido las más de las veces dominado por pasiones y no por razones en ambos lados de la frontera, haciendo difícil avanzar en la construcción de soluciones viables.
Y finalmente y como quinto punto, ha crecido, ya lo dije, el número y la intensidad de actores que inciden en el debate. Académicos, legisladores, gobiernos estatales y locales, iglesias, empresarios y todo tipo de instituciones, desde grupos sociales e instituciones que se han involucrado en el tema en ambos lados de la frontera. países. Este hecho es natural en las democracias, donde la toma de decisiones es parte de un proceso abierto y resultado del equilibrio entre órdenes y ramas de gobierno, y entre distintas corrientes de pensamiento. No obstante, resalta la importancia que una estrategia de comunicación y, en particular, de medios de comunicación masiva, tienen para situar correctamente el debate, sino serán siendo las mismas vías extremistas en ambos lados de la fronteras las que dominen y ganen este debate.
¿Qué opinión merecen las perspectivas del debate? La verdad que contestar a esta pregunta es la parte de mi intervención que requiere mayor cautela, pero sinceramente espero que estas reflexiones contribuyan, como dije al inicio, a generar más y mejor conocimiento y más y mejores políticas.
Uno, el objetivo de construir un nuevo marco migratorio con Estados Unidos desde la perspectiva del de la voz y creo que del Gobierno de México es mejorar la calidad de vida de millones de mexicanos que viven y que trabajan en Estados Unidos, ya sea de manera permanente o temporal. El Gobierno de México activamente ha realizado acciones orientadas a ese objetivo, con independencia del desenlace de la reforma migratoria en el ámbito consular, en muchos otros ámbitos. Estas acciones no deben de minimizarse y deben de continuarse haciendo por las próximas administraciones. en el futuro.
Dos, La concreción de una reforma migratoria integral con Estados Unidos y la posibilidad con ello la posibilidad de lograr un mejor manejo bilateral del fenómeno migratorio es una “carrera de distancia y no de velocidad”. Hace poco platicando con un académico amigo me sugirió añadir “y con obstáculos”. Y efectivamente, hoy, como en otras ocasiones, y como seguramente ocurrirá en el futuro, nos encontraremos ante la necesidad de salvar de la mejor manera posible obstáculos para alcanzar ese objetivo.
Con la iniciativa 6061, la de los muros, ganó terreno la visión de que es necesario avanzar primero en seguridad antes de una reforma integra. Pero muchas personas, ciertamente en México pero también en Estados Unidos están conscientes de la necesidad de concretar a la brevedad una reforma. Esto no se debe perder de vista y se debe continuar desplegando acciones para alcanzar dicho objetivo. Se debe tener presente que lo que se diga y que lo que se haga en los dos meses, antes de que concluya esta administración, tendrá repercusiones en el debate a futuro.
Tres, debemos seguir buscando que la responsabilidad compartida sea el principio rector de un nuevo marco migratorio a partir de cual México redoble sus esfuerzos para hacer de la migración una decisión y no una necesidad y, asimismo, modernice su propia política migratoria, y un nuevo marco a partir también del cual Estados Unidos actúe en consecuencia con el hecho de que su economía demanda y emplea ciudadanos mexicanos y que éstos hacen una enorme aportación a ese país.
Cuatro, México requiere continuar mejorando su propia política migratoria. La revisión y la reforma del marco legal, incluida la Ley de Población y otros ordenamientos y una asignación de recursos humanos y financieros consistente con la magnitud del reto y la importancia del objetivo es indispensable, y para lograr esto también se requiere un enfoque transversal, permanente y sistemático que involucre a muchas del Gobierno de México y a ésta con otros órganos y niveles de gobierno y con la sociedad en su conjunto. Requerimos mejor método de México para entender este tema.
Cinco, el nuevo contexto de seguridad internacional que prevalece a partir de 2001, caracterizado por las llamadas amenazas no convencionales del terrorismo o el crimen organizado, fundamentalmente, continuarán demandando un esfuerzo sistemático de conciliación entre las preocupaciones de seguridad que comparten México y Estados Unidos, y el flujo de personas y bienes a través de las fronteras. Esta tarea, debe ser decidida pero inteligente, debe ser basada en la cooperación y debe realmente orientarse a identificar los riesgos y utilizar los recursos disponibles para eliminarlos o para reducir las probabilidades que se materialicen.
Y por último, seis, “el fenómeno migratorio debe ser plenamente comprendido por el Estado mexicano —sociedad y gobierno—, ya que requiere de acciones y compromisos acordes con las condiciones imperantes y tiene implicaciones internacionales que requieren compromisos con el exterior”. Esta afirmación, que no es sólo mía, se deriva del documento “México ante el Fenómeno Migratorio”.
Este esfuerzo de académicos, funcionarios, partidos políticos, legisladores, sentó las bases para la construcción de una posición de Estado que, partiendo de un diagnóstico objetivo de las implicaciones del fenómeno para nuestro país, también fortalezcan nuestras posiciones con respecto a Estados Unidos. A mi juicio, sus principios y recomendaciones son una guía importante, no definitivas, no absolutas, no exhaustivas, ni siquiera plenamente acabadas, pero importante, que en el futuro debe ser retomada y profundizada y se debe procurar involucrar a muchos más actores en ese esfuerzo.
Déjenme concluir diciendo que, la verdad es que pensé, por el momento mucho, en lo que iba a decir el día de hoy. Sin más allá del discurso, estoy convencido y lo he dicho muchas veces, que la migración es para la agenda bilateral de México y de Estados Unidos el reto más apremiante y también la oportunidad más importante.
Y a pesar de la adversidad que tenemos enorme en este momento, en esta materia, se deben de redoblar los esfuerzos para concretar una reforma migratoria respondiendo a la prioridad que la sociedad mexicana le otorga al tema, atentos de la complejidad política y social que reviste para Estados Unidos y para nuestro país, y con plena conciencia de que eso sólo se va a poder lograr con voluntad política, con visión y el compromiso de todos los actores que están involucrados.
Muchas gracias.
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